Mi pelo y yo

22 Sep

Image from toothpaste for dinner

Lo mejor que refleja algún cambio en mi vida es mi pelo.

De pequeña, mi pelo tenía poca importancia. Mi madre me lo mandaba a cortar bien bien bien cortito —en una especie de 80s hongo-look (“es que no tengo tiempo pa estar peinándote”), lo que me ganó fama de P., “el niño con pantallas”. Mami me consolaba diciéndome “ay, es que te queda lindo. La gente no sabe de qué habla”, pero yo lo odiaba más que esperar la guagua pa Plaza en un día lluvioso.

Cuando estaba en sexto, mi pelo empezó a crecer. Ahí, comencé a prestarle más atención. Pero ya era muy tarde. No sabía cómo peinarme (hacerme moños, usar gel). Para colmo, me dejé pollina. Así, me parecía al perro que ciuda las ovejas del lobo como en los muñequitos (mucho pelo en la cara, poca visibilidad).

Ya en la high, mi pelo empezó a transformarse. Mientras más se acercaban mis 18 años (hace sólo uno… wink wink… ¿nadie me cree?) más me cambiaba el color del pelo: empecé con un rojo color bandera de Puerto Rico (gracias, B.), hasta terminar con un rubio (que me quedaba como color rojo bandera de Puerto Rico. gracias, B.).

Pero fue en la universidad que mi pelo comenzó, realmente, a reflejar mis estados de ánimo. Cuando me sentía triste o decaída, me lo recogía en un moñito. Cuando me sentía alegre, le pasaba plancha. Cuando iba a empezar el semestre, el verano, un trabajo o algo importante, me lo pintaba. Cuando estaba en proceso de transición en mi vida o pasando algún tipo de situación difícil, le daba tratamiento de acondicionador, por aquello de hacerme una limpia de arriba a abajo. Si iba a viajar, me pasaba blower.

Ahora estoy pasando por una situación… situacional. Bueno, una situación de esas de las que uno dice “pues hay que pasar la página, comenzar un nuevo capítulo, arrancar la curita de raíz, empezar de cero…”. Así que me miré al espejo (bueno, la verdad es que estaba viendo televisión, pero lo otro suena mejor) y me dije: hace dos años que no me pinto el pelo. Y es hora de cambiar. Al otro día, fui a KMart y me compré un tinte. Mientras me lo daba pensaba “¡ja! así pasaré la página, comenzaré un nuevo capítulo, arrancaré la curita de raíz, empezaré de cero…” hasta que me ahogué con mi propia saliva.

Cuando terminé de lavarme y secarme el cabello, la verdad se reflejaba en mi espejo como las venas de una salamandra a la luz de la bombilla del baño: escogí un color exacto al color natural de mi pelo.

¿Qué dice eso de mí?

Y tú ¿qué le haces a tu pelo?

Luz,

P.

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